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Esta preciosa imagen de Eduardo Y Beatriz fue tomada, posiblemente, en la carrera Junín por uno de esos fotógrafos ambulantes que te "asaltaban" y sin que tú te dieras cuenta, te fotografiaban y otra persona, unos pasos más adelante, te daba una papeleta para que tú la reclamaras, previo pago. ¿Dónde estarán esos negativos donde se guarda la historia anónima de Medellín en sus personajes callejeantes?
MIS AMIGOS/HERMANOS
LOS RESTREPO PULGARÍN
Era junio de 1960 y yo estaba en tercero de bachillerato en el Liceo Marcofidel Suárez. En el mes de mayo tuve una infección muy complicada en la planta del pie derecho que me impedía asistir al colegio. Tuve fiebres altas y me quedé en los huesos. Nunca supe la causa de aquella infección, pero mi madre me cuidaba con tanto esmero que nunca supe si sospechaban que era algo tan grave que me tendrían que cortar un pie o. O algo así. Venía un hombre a casa a hacerme las curaciones, don Nicolás Villegas, el de la Farmacia Villegas, de al frente de la Iglesia del Calvario, y con sus manazas de gordo y su figura enorme y contundente me hacía ver estrellas. La infección fue tan grande que, decía mi madre, hasta, se me podía ver algún hueso del pie. Nunca quise mirarme. Pero me curé y pude ir al colegio a principios de junio, ya con los exámenes finales encima. No entendía nada en las clases, sobre todo en matemáticas. Entonces se me ocurrió ir a casa de un compañero del colegio y vecino para que me ayudara. Nunca fui muy amigo de compartir mis horas de estudio con nadie pero aquel "mazo" (que así se les decía a los buenos estudiantes que no perdían asignaturas y sacaban de cuatro para arriba en todo), de apellido Suasa, me ayudó y me puse al día. Aprobé. Nunca, hasta quinto grado, perdí ninguna asignatura. Ya en quinto la cosa se puso más complicada porque yo empezaba a estar más interesado en otras cosas de la vida. Literaturas, lecturas hasta entonces desconocidas, las chicas, los bailes...Ese día, después de tomar el "algo", apareció un amigo de Suasa. La tarde era calurosa pero no como me imagino que son ahora las tardes de Medellín. Nos salimos al portal a conversar. El amigo de Suaza se llamaba Hugo Galván, un muchachote rubio, alto y fornido, hablador y de un vozarrón casi inaguantable pero era muy simpático. Nos caímos muy bien. Daba la casualidad de que él, como yo, era boy scout. Ya nos habíamos visto en algún campamento o reunión de scouts de Medellín. En realidad, Hugo había venido a visitar a otro amigo que vivía frente a la casa de Suaza (no me acuerdo del nombre de este Suasa, ni lo volví a ver nunca después de terminar los estudios de bachillerato) pero ese amigo, que estudiaba en el Instituto Jorge Robledo, no había llegado todavía a su casa. Lo estuvimos esperando y cuando lo vimos venir lo llamamos. Era un chico, alto espigado, de aspecto muy "aliñado", con su chaqueta azul y sus pantalones grises y negros zapatos muy lustrosos. No me llamó la atención que el color de su piel fuera bastante más oscuro que el común de mis amigos y familiares, sin llegar a ser lo que se llama “un negro”. Más tarde caería en la cuenta: un vestigio de el racismo yacente en nuestra sociedad, que no llega a ser un racismo violento ni discriminador sino producido por la observación de que entre nosotros hay muchas tonalidades de piel, muchas clases de “pelambres”. Así de sencillo. El muchacho se llamaba Eduardo Restrepo y era también boy scout de la tropa del Jorgerobledo. Era muy tímido, apenas hablaba, muy pulcro, y si lo hubiera conocido hoy, diría que era algo estirado. Nos hicimos amigos inmediatamente, como si nos hubiéramos conocido de toda la vida. ¡Esas cosas de la juventud!, cuando la vida es más relajada, sin complejos, uno se juntaba con el primero que aparecía, sin prejuicios, sin calcular nada. Después de saludarnos, Eduardo Restrepo se fue a su casa a dejar sus libros, a cambiarse por ropa más cómoda, y más tarde se nos juntó a la reunión en el quicio de la puerta de Suaza. Allí estuvimos conversando hasta que se empezó a hacer de noche, momento en que apareció Beatriz, hermana de Eduardo, a buscarlo.BeatrizBeatriz estudiaba en el Palermo San José, de el Poblado. Ella se nos acercó con sus andares tan estudiados de flaca y sus piernas algo arqueadas pero bien formadas, su falda azul oscuro, muy corta, del uniforme, pero sin la corbata ridícula que les obligaban a llevar en el elitista colegio, y sin la chaqueta, claro. Rosita, la madre de los Restrepo, la mandaba a buscar a su hermano. Beatriz era algo mayor que Eduardo, aunque estaba, creo, en segundo curso de bachillerato, pero no me acuerdo muy bien, no puedo asegurarlo. Era una chica morena, pero no tan oscura de piel como su hermano Eduardo. De tez cetrina muy fina, de ojos achinados, nariz recta y graciosa, labios sensuales, mirada muy dulce y pómulos altos, Beatriz tenía un atractivo natural, lo que unido a su artificiosa manera de caminar y de expresarse, la hacía especialmente llamativa, inquietante. No era una belleza de mujer pero no pasaba inadvertida. De labios carnosos, siempre como en actitud de sonreír. Tenía unos pómulos altos y delicados que le daban un aspecto de distinción. Llevaba el pelo más bien corto y se peinaba "a lo bomba", creo que así se llamaba esa manera, muy de moda por aquellos años, y olía a laca (yo no sabía qué era laca pero a partir de ese momento lo iba a saber: ese olor se me metió muy adentro y lo iba a identificar a la distancia de diez metros, en ella y en otras chicas, porque supongo que no había en el mercado muchas marcas para escoger).Llegaron las vacaciones de mitad de año y ya iba a pasar a cuarto curso de bachillerato. Tercero fue un paseo, a pesar del sofocón que me produjo no entender muy bien las matemáticas, que aprobé, casi seguro, por suerte. He sentido siempre un vacío en mis conocimientos escasos de álgebra y matemáticas a partir de ese momento. Fue entonces cuando tuve tiempo para volver a buscar a Eduardo Restrepo, que vivía en la calle Restrepo Isaza, la 72, una empinada calle del viejo Manrique, todavía con la presencia de esos altos y benditos guayacanes que florecían amarillos y lilas. Yo vivía muy cerca de su casa, en la calle 73, en el barrio llamado La Paz o Las Avenidas, que estaba al occidente y pegado del mítico Teatro Manrique de la conflictiva carrera 45, hoy Avenida Carlos Gardel, entonces sembrada de descarados pero históricos cafés de los cuales se escapaban, prometedores, tangos y boleros desde los barrocos, deslumbrantes y lustrosos "pianos". Esa es otra historia que habría que recordar... Me acerqué, pues, un día a buscar a Eduardo, que para las vacaciones de entre curso se había rapado el pelo, en su lucha inconfesada por cambiar de aspecto, coqueto y presumido como era (y puede que hoy siga siéndolo, miembro, ¡ay! de una Iglesia protestante, creo que Testigos de Jeová). Amable y ceremonioso, de una educación que me impresionó, Eduardo y yo nos sentamos a conversar en las escaleras de acceso a su casa. Los Restrepo Pulgarín (su madre Rosita, una mujer encantadora, una auténtica santa laica, la encarnación de la humildad, la dulzura y la generosidad, era de apellido Pulgarín) vivían en un segundo piso al que se accedía por una escalera interior de granito blanco con moteados negros muy finos, con lustrosos peldaños que se adivinaban laboriosamente "trapeados" a diario con mimo pero con energía. Se nos juntó, a continuación, el hermano pequeño de los Pulgarín, Hugo, un muchachito regordete y simpático, locuaz y curioso, que también estudiaba en el Jorgerobledo. Tendría unos diez u once años.
Y luego bajó Beatriz; no me acuerdo cómo iba vestida pero supongo que podría haber sido con un pantalón blanco de los que llamaban "pescador", o sea, que le llegaba un poco por encima de los tobillos, y una camisa blanca de finas rayas azules. Y sandalias. Ella era muy coqueta. Nos saludamos de la manera que se usaba entre nosotros en aquella época de Medellín, dándonos la mano. Nada de besos en las dos mejillas ni abrazos ni cosa parecida que supusiera más acercamiento ni contacto físico, del cual los antioqueños hemos huído siempre, aunque ahora las costumbres se vayan "relajando" algo ya que, hoy día, hasta me puedo permitir abrazar, no ya a mis hermanas tías y primas, sobrinas y hasta amigas, sino también a hermanos, sobrinos, cuñados y tíos... y hasta a los amigos. Y no se hunde el mundo ni nadie me va a tachar de marica. Eduardo fumaba, cosa que me extrañó mucho. Fumaba poco, con sumo cuidado. Aquella tarde fumó un solo cigarrillo. Nosotros estábamos instalados a mitad de la escalera, sentados en sus peldaños tan limpios y frescos; Eduardo desapareció un momento y bajó con un cigarrillo "fino" con boquilla encendido (todo un lujo; luego supe que era un Kent) y fumaba con tanta maestría y distinción como un actor de cine, cogiendo el cigarrillo entre sus dedos tan finos, largos y cuidados. Rosita, su madre, era la "administradora" del paquete de cigarrillos y cuando Eduardo quería fumar él le decía: "Mamá, dame un vicio", o algo parecido. Rosita también fumaba (lo pude saber, más adelante) con una deliciosa torpeza, y como si fuera el único "pecado" que aquella santa se podía permitir.Luego subimos a la casa, decorada con austeridad pero con mucho gusto, con un sofá y dos sillones de madera pintados de azul claro y forrados de lo que llamaban "pegamoide" blanco con unos diminutos dibujos color negro. Se notaba todo tan limpio y reluciente, tan cuidado y mimado, como si fuera un sagrario de una iglesia católica. Pocos cuadros en las paredes. El suelo estaba pavimentado con esas baldosas "de toda la vida", amarillo y rojo, pero tan brillantes como no había visto desde los años de mi niñez, en casa de mis abuelas Teresa, madre de mi padre y Lucía, madre de mi madre. Había una paz que se podría calificar de celestial en aquella casa, en contraste con el ruido y alboroto de niños en vacaciones jugando en la calle que se colaba por la puerta entreabierta del amplio balcón que daba a la empinada calle Restrepo Isaza por la que, afortunadamente, rara vez pasaba un coche, un camión o un autobús. En aquella época y por esos barrios, la calle era de la gente. Rosita estaba ocupada cosiendo en una máquina alemana de color blanco, tan distinta a las viejas Singer que se usaban el en taller de sastrería de mi padre y en las casas de mis tías Blanca y Elvia. Me saludó con una sonrisa tímida que dejaba ver sus dientes tan blancos, perfectos y pequeños. Un pañuelo a manera de diadema atado en su nuca con un discreto lazo le ocultaba parte del pelo desde la frente. En la salita tenían una "radiola" moderna y estilizada pero muy discreta. Pusimos algún disco, creo que podría ser música italiana. A lo mejor aquella vez sonaría "Guaglione", nombre que se me quedó grabado, no sé por qué. Años más tarde, cuando yo andaba ya por Europa, pasé por un pequeño pueblo en el norte de Italia, a los pies del Mont Blanc, y vi con sorpresa que se llamaba Guaglione, como aquella delicada canción cantada por un tal Humberto Casamato y que yo escuché por primera vez en la casa de Eduardo, Beatriz, Hugo y Rosita. Era todo tan distinto en esa casa, de un gusto casi exquisito, delicado, minimalista. Y sin embargo me parecía todo muy extraño. Algo no "cuadraba"...La casa era una de esas largas y estrechas, con un minúsculo patio interior, lleno de muy cuidadas plantas ornamentales. Y una serie de habitaciones en galería, demasiadas, para los cuatro habitantes que yo veía. La cocina era oscura pero muy ordenada, donde relucían de manera muy especial las ollas lustrosas, las cacerolas y sartenes, todo muy bien apilado. No era normal en las cocinas de las casas de nuestros barrios la existencia de esos cómodos armarios de madera o plástico que hoy son tan comunes. Todo quedaba más o menos a la vista. Pero en casa de los Restrepo aquella exhibición era un espectáculo. Yo estaba acostumbrado, y me parecía normal, que los culos, especialmente de las sartenes, fueran negros y presentaran abolladuras o adherencias carbónicas. Fue necesario, en nuestra casa, por ejemplo, hacer uso de hornillos de carbón ya que muchas veces la energía eléctrica se iba durante horas. De ahí que muchos trastos de la cocina mostraran esas huellas. En esa primera visita a casa de Eduardo, lógicamente, no pasé más allá del salón. Pero fue más adelante, y debido a la generosa acogida que me dieron y a la hospitalidad de Rosita, especialmente, y de Eduardo, que me convertí en un asiduo visitante. Y pude ver la cocina. Y el comedor que remataba el coqueto patio.
Con Beatriz, la relación al principio era más bien complicada porque, entusiasmado como estaba yo con la personalidad de Eduardo, y debido a que había una cierta complicidad por intereses, gustos y aficiones comunes, que fuimos descubriendo, y porque los dos éramos boy scouts, me encontraba más a gusto con él si no aparecía Beatriz, pero ella siempre se las arreglaba para sentarse con nosotros. Entonces todo cambiaba. Las conversaciones tenían otros temas y las veladas eran tan agradables y distendidas que me fui acostumbrando. A nadie le amarga un dulce... Valga aquí el dicho. Su simpatía, aquella soltura y sus expresiones me hacían mucha gracia ya que no estaba acostumbrado a tratar con chicas, ni mucho menos con chicas tan resueltas. Beatriz era de una educación delicada, pero se le notaba que tenía otros ambientes donde aprendía esas distintas formas de trato. Sus ademanes de chica "de mundo" hacían contraste con su figura aniñada, de ingenuidad natural. Su piel era muy fina y delicada y apenas se pintaba algo los labios de un carmín color rosa pálido. Era muy delgada y estrecha de caderas, un palillo pero no exento de gracia. Y su voz era como el de una niña metida a grande. Era mimosa y requería mucha atención. Muchos amigos, lo pude comprobar más tarde, quedaban cautivados por ella y se enamoraban perdidamente. Sólo de oirla hablar.Un día me dijo que si quería ir a un baile. Había la costumbre en aquella época, pero no en nuestros barrios, sino más bien por los lados de El Poblado, Laureles, El Estadio, Prado, que los chicos o chicas pedían permiso a sus padres para hacer una "recocha" un sábado por la tarde. Así se llamaban aquellas deliciosas reuniones de iniciación. Se pagaban cinco pesos como aportación. Normalmente se organizaba el baile en el patio de la casa, si lo había, o en los salones, en el garaje, en un sitio amplio. La música salía de un tocadiscos o de unos equipos de sonido que llamaban "radiolas" y que eran más o menos aparatosas. La música, en un noventa por ciento, era colombiana: porros, cumbias, gaitas, merecumbés. Y boleros, por supuesto. Casi nunca se bailaba el rock, que ya empezaba a sonar en las radios más avanzadas en programas especializados. Un día se puso de moda el disco de merengues dominicanos de la orquesta del músico español Xavier Cugat y como era fácil de bailar el merengue y las piezas eran largas, tuvo mucho éxito y todo el que podía se hacía con un ejemplar de ese famoso disco. Yo todavía guardo el mío y lo traje desde Colombia cuando me vine a vivir a España. Me lo regaló una novia que tuve y fue comprado en Fotoelectro, de Junín. Recuerdo especialmente, de aquella época, los porros y paseos de la orquesta de Pedro Laza y sus Pelayeros, que tenía un cantante llamado Eliseo Herrera, "lengüe´trapo", el que inventó los famosos trabalenguas, como La Matica de Mafafa O Tres Tristes Tigres, que cantaba con tanta gracia y maestría, pero ya con Los Corraleros de Majagual. Yo lo vine a conocer en el bar del viejo aeropuerto de Medellín, en circunstancias muy divertidas que tengo que contar más tarde. Y la anécdota de aquel encuentro inolvidable tiene una segunda parte en el año 1989, también con la presencia de Eduardo y mi mujer, en Cartagena. Pero volvamos a la invitación para ir a un baile. Yo le dije a Beatriz que nunca había bailado... porque no sabía bailar. No le dije que me moría de vergüenza... y de ganas. Eso no era inconveniente, lo de no saber bailar se arreglaba en un par de tardes. Ella me enseñaría. Y me enseñó allí mismo, ante la mirada risueña de Rosita y la aprobación cordial de Eduardo, que movía la cabeza llevando el ritmo y como diciendo: bien, muy bien, lo haces bien. Abrazar a Beatriz para el baile era una delicia porque su cuerpo era el de una muñeca frágil pero cuando bailaba te trasmitía una confianza de maestra y su cuerpo se movía con un ritmo interior de ella que no siempre coincidía con el ritmo de la música, un poco a contrapelo, como una especie de síncopa, lo que me parecía muy gracioso cuando la veía bailar con otro. Creo que aprendí a bailar, al menos Beatriz me hizo sentir una confianza en mí mismo que ya no tuve otra preocupación en adelante que la llegada del sábado para ir a ese baile. Y la primera pieza (¡cuánto daría por saber cuál fue!) la bailé con ella. Y la segunda. Y si no llega a ser porque un tal Pacho prácticamente me la arrebata, no hubiera bailado con nadie más. En realidad no me acuerdo de haber bailado con nadie. Pero ya estaba "bautizado" como bailarín. Y ya no había sábado que no buscáramos quién nos invitara a una "recocha". Y allí nos presentábamos Beatriz, Eduardo y yo.